El Asedio Petrolero
Como bien dice él, ya basta del asedio al que nos tienen sometidos las compañías petroleras.
Por Michael Brune
Durante semanas he estado siguiendo las noticias sobre el desastre petrolero de BP. Recientemente tomé un vuelo de inspección del Golfo de México y me di cuenta que esto no es un derrame petrolero. Es una calamidad.
Vi una interminable explosión de una masa viscosa, negra y tóxica; un enfermizo flujo de barro venenoso que pronto va a cubrir un parque nacional, más de un centenar de refugios de vida silvestre y cientos de millas de costa; y un río negro que quizá impregnará los Cayos de la Florida e incluso la Costa Este del país.
Y ahora nos enteramos de que ejecutivos de BP, durante una declaración a puerta cerrada ante miembros del Congreso, confesaron que el volcán de petróleo situado a una milla de profundidad en el Golfo puede estar arrojando diez veces más crudo de lo que se informó originalmente, quizá a un ritmo de 60,000 barriles al día.
¡Ya basta! Esta tragedia podría convertirse en una de esas raras ocasiones que absorbe la atención, prepara la voluntad y fomenta cambios fundamentales.
Este es un momento crucial para nuestro país. Las sucias industrias petrolera y carbonera han tenido bajo la bota nuestra economía, nuestra salud y nuestro medioambiente demasiado tiempo. Quizá mejores medidas de seguridad y regulaciones federales podían haber evitado este desastre. Pero las regulaciones federales no son un seguro para evitar otro derrame incluso peor. No son una solución para la tremenda desventaja que tiene el consumidor norteamericano con respecto a las petroleras.
En Estados Unidos, el 66% de los hispanos vive peligrosamente cerca de un lugar tóxico, como una refinería o una planta petroquímica, las cuales emiten toneladas de sustancias cancerígenas que también causan enfermedades coronarias, asma y otros males.
Incluso antes de este desastre, los humedales y hábitat del Golfo estaban asediados por las operaciones petroleras. Las redes de oleoductos que cruzan los humedales del Golfo han destruido más marismas en la región de las que podemos encontrar en la costa entre Nueva Jersey y Maine.
BP y otras petroleras se han embolsado miles de millones en ganancias mientras se opusieron a las iniciativas de energía limpia que hubieran creado cientos de miles de buenos empleos verdes. Ahora sólo nos quedan las consecuencias del descuido de esta industria.
Mientras la marea negra clausura bancos de pesca y la industria turística por todo el Golfo, y la fauna marina —incluyendo aves y tortugas— empieza a ser arrojada a la costa cubierta de petróleo, BP ha negado su responsabilidad en esta calamidad, pero ha aceptado pagar los costos de la limpieza. El Sierra Club urge a este gigante petrolero a compensar a las comunidades costeras por las pérdidas de empleo y los miles de millones en pérdidas en turismo y pesca, y por los esfuerzos de recuperar la fauna y humedales marinos, los cuales durarán seguramente décadas.
BP es responsable de este desastre. BP, no los norteamericanos, debe pagar por esta calamidad. La codicia de BP ha destruido la actividad económica regional tal y como lo ha hecho Wall Street con la economía nacional.
Los representantes en Washington tienen que darse cuenta de que nuestro país está asediado por las petroleras, por su comportamiento irresponsable, por su ilimitada codicia y por su terca oposición a cualquier intento significativo de acabar con nuestra adicción petrolera.
Recientemente, la administración Obama aprobó el primer conjunto de turbinas de viento costeras en Massachusetts. Es un paso más en el avance hacia una economía de energía limpia y renovable. Nunca vamos a oír sobre desastres ecológicos debido a la energía solar o eólica. Además, nuestra fuente de energía alternativa más abundante ahora mismo es el uso sensato de nuestros recursos naturales.
Responsabilicemos a BP por la calamidad que han causado sus descuidos, incluyendo el envenenamiento del sustento de miles de pescadores, la inmediata ruina de la floreciente industria turística del Golfo y la destrucción de algunas de las costas más bellas del mundo.
Insto al Presidente Obama a restaurar la moratoria federal de exploraciones petroleras costeras y a prometernos que una calamidad así jamás volverá a ocurrir.
El asedio tiene que terminar ya.


